INSENSIBLES

INSENSIBLES

Insensibles cartel

Ayer, sábado 22 de junio de 2013, fui a ver esta película de Juan Carlos Medina  sobre el dolor en los Cines Princesa. Me atrajo porque consideré que era un argumento raro, diferente, tenía ganas de ver una película original que se saliera del neorealismo.

No es una película para recomendar sino para reflexionar. Reflexionar sobre la insensibilidad de muchas personas ante el dolor, tanto el ajeno como el propio, el dolor físico, el dolor emocional y el dolor social.

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Es una impresionante metáfora que roza el cine de terror, el cine de suspense y el thriller político. Comienza con una bucólica escena de una niña paseando por el bosque catalán.

Por cierto, un paisaje idílico que a menudo veo reflejado en películas de origen catalán y también en otras de origen gallego, asturiano o vasco, pero que parece que aún no ha interesado a ningún director o directora en Madrid. Y doy fe de que existen hermosos bosques en la sierra de Madrid, con misteriosos encantos, con connotaciones bucólicas, fantásticas o incluso de cine de terror, con sugerentes y poéticas posibilidades fotográficas y cinematográficas.

Enseguida la idea bucólica se torna agresiva, incomprensible, aterradora, dolorosa.

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Una generación de niños y niñas nacen sin sensibilidad al dolor, una generación que más tarde iban a hacer la guerra, y sobre todo iban a ser instrumentos de la represión en la posguerra.

Un doctor judío intenta un programa de rehabilitación, enseñándoles lo que es el dolor. Actualmente, dentro de la educación para la salud, incluimos en los colegios el aprendizaje del control de las emociones. Pero de hecho la educación emocional es un contenido muy reciente en los currículos escolares, hasta ahora no existía, no interesaba. En la escuela nacionalcatólica se nos golpeaba a los alumnos con métodos tan refinados que parece que el objetivo era realmente que, por el contrario, llegáramos a no sentir el dolor, a insensibilizarnos, para hacernos insensibles ante la situación sociopolítica, ante las injusticias, ante lo que nuestros abuelos nos pudieran contar sobre la represión a que habían sido sometidos, sobre las fosas comunes… Recuerdo palmetazos en las yemas de los dedos, posturas que llamaban “silla eléctrica” que consistía en aguantar en semicuclillas, a veces incluso con palmetazos entre las pantorrillas. Y recuerdo que después jugábamos en el patio a ver quien aguantaba más haciendo la “silla eléctrica”. Afortunadamente a muchas y muchos no consiguieron insensibilizarnos, muchos de los nietos que quienes sufrieron la represión nos declaramos insumisos a la violencia militarista. Recuerdo que el primer calabozo al que me llevaron por una acción antimilitarista fue precisamente a la Dirección General de Seguridad, donde habían sido torturadas tantas personas.

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En la película se trata no solo el dolor físico, también el emocional. El niño protagonista siente por fin el dolor cuando matan a su amiga. Es un dolor en forma de rabia, de cólera, de ira, de rebelión. Años más tarde, él, que había sido instrumento de la represión franquista, se redime por amor a una prisionera.

Podría leerse entre líneas toda una alegoría de la generación de personas insensibles que tras la guerra civil española iniciaron una persecución para extirpar “la enfermedad del comunismo”, “el gen rojo”, “el cáncer comunista”. He oído y leído estas crueles expresiones en multitud de escritos. Fue una realidad, mal que les pese ahora a quienes infligieron tanto dolor a través de interrogatorios, torturas, celdas de castigo, décadas de encarcelamiento con disciplina militarista.

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La película, una ficción, no pretende dar respuesta al porqué esas personas se niegan a que se investiguen los crímenes del franquismo, aunque bien podría deducirse de la experiencia de los protagonistas de la película que no quieren revolver en el dolor porque ellos aún no han superado el duelo. Se ha escrito y recomendado mucho sobre el duelo de quienes sufren pero tal vez sea la primera vez que veo reflejado en una pantalla el duelo de quienes infligen el sufrimiento.

Ellos, los personajes de la película, no pueden soportar el peso de la culpa, pero tal vez hay que hacer una llamada a quienes fueron los verdaderos protagonistas del dolor en la posguerra para que entiendan que sí se puede, si quienes sufren pueden superarlo, también quienes lo infligen. Y solo así se pueden cerrar para siempre las heridas. Pretender olvidar solo sirve para seguir sufriendo. Y para seguir infligiendo sufrimiento. Hay que recordar, hay que juzgar, hay que comprender, hay que reflejarlo en los libros de historia, hay que enseñarlo en los centros educativos, para que no vuelva a repetirse. Para que nunca vuelva a surgir una generación de niños y niñas insensibles.

Desde luego la película es un alegato a favor del dolor, de la necesidad de sentir el dolor para no infligirlo a los demás.

No la recomiendo porque es muy personal, muy dura, revuelve mucho dentro de cada espectador, pero a mí me ha hecho sentir.

Más información:

http://www.acontracorrientefilms.com/pelicula/127/insensibles/

Trailer:

http://www.youtube.com/watch?v=DCa9ggHhotw

 

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