LA REPRESENTACIÓN DE LA ESCUELA EN EL CINE

Brujuleando por la red he encontrado este artículo, interesante reflexión sobre la representación en el cine de la escuela como institución y de la función del maestro a lo largo de la historia del cine (hasta 2005).

He copiado solo un  extracto del artículo y además he subrayado algunos conceptos que más han parecido más interesantes.

LA REPRESENTACIÓN DE LA ESCUELA EN EL CINE: UNA METÁFORA DEL ESTADO PARA SUGERIR LAS CARENCIAS DE SOCIEDADES EN CRISIS.

Pedro Gómez Martínez.

El cine, en un sentido metafórico, ha utilizado la temática escolar como un ámbito para la reflexión social. Desde “Cero en Conducta” de Vigo hasta “Los Chicos del Coro” de Barratier, son numerosos los ejemplos de películas de ambiente escolar que critican sistemas, proponen modelos o describen actores implicados en los procesos sociales. Para esta investigación, la elección de las películas se ha realizado atendiendo a un doble criterio. Por un lado histórico, intentando cubrir un periodo amplio que demostrase la estabilidad de ciertas tendencias y, por otro lado, social, atendiendo a su impacto.

Cuadro 1: Corpus

“El ángel azul” (Der blaue engel; Joseff Von Sternberg, 1930)

 “Cero en conducta” (Zéro de conduite; Jean Vigo, 1932-1933)

 “Forja de hombres” (Boys Town; Norman Taurog, 1938)

 “Adiós Mr. Chips” (Good bye Mr. Chips; Sam Wood, 1939)

 “La calumnia” (The children’s hour; William Wyler, 1961)

 “El joven Törless” (Der Junge Törless; Volker Schlöndorff, 1966)

 “Rebelión en las aulas” (To sir, with love; James Clavell, 1967)

 “If” (Lindsay, Anderson, 1968)

 “La residencia” (Narciso Ibáñez Serrador, 1969)

 “Arriba Hazaña” (Jose María Gutiérrez, 1978)

 “El año de las luces” (Fernando Trueba, 1986)

 “Adiós muchachos” (Aurrevoir les enfants, Louis Malle, 1987)

 “El club de los poetas muertos” (Dead Poets Society; Peter Weir, 1989)

 “Harry Potter y la piedra filosofal” (Harry Potter and the sorcerer’s stone; Chris Columbus, 2001)

 “Los chicos del coro” (Les choristes; Christophe Barratier, 2004)

“El Ángel Azul” está considerada una de las primeras obras maestras del cine hablado, habla de la pérdida de la autoridad (y de la credibilidad) como consecuencia de la corrupción moral de quien ha de ejercerla. Lo hace apenas 3 años antes de que Hindemburg confíe a Hitler la formación del primer gobierno nazi, lo que a la sazón habría de significar la descomposición de las líneas ideológicas sostenidas por la república de Weimar.

 Para algunos sería discutible incluir esta película entre las que describen un entorno propiamente escolar y es cierto que la descripción de este entorno se hace de un modo subordinado al otro “gran tema” de la película, que es el mundo de la noche, el cabaret y los espectáculos nocturnos de variedades, entre los que todavía encontraremos sombras y deformaciones de un expresionismo tardío. Sin embargo, la escuela aparece en “El Ángel Azul” con suficiente presencia y bajo las mismas pautas que en los otros ejemplos elegidos, lo que justifica su presencia en el corpus. Es el punto de partida y el punto de llegada del maltratado profesor lo que articula la fuerza discursiva de una comparación basada en el antes y el después de un estricto maestro que se entrega a una adormecida concupiscencia. Ambos puntos tienen como marco el espacio físico de la escuela (gimnasium).

“Cero en Conducta”, la personalísima indagación de Vigo en el entorno educativo, pasa por ser una de las primeras y más características ambientaciones escolares. En ella aparecen situaciones dramáticas y elementos que se van a repetir de forma casi calcada en algunos de los títulos posteriores (batalla de almohadas, rebelión armada contra el profesorado, el espacio físico del vigilante de dormitorio y su sombra proyectada en las cortinas, etc…). Está rodada en esos mismos comienzos de la década de los treinta, con toques dadaístas aún de las vanguardias que se extinguen y a su vez, detalles más propios de un naturalismo poético que ya se está consolidando. Lo escandaloso de la propuesta quizá resida más en la apología que se hace de la revolución, en años en los que ideológicamente Europa (y pronto el resto del mundo), sucumbe ante modelos enfrentados: totalitarismo y democracia.

“El Joven Törless”  nos lleva de nuevo a un colegio alemán, en este caso un internado. La película aprovecha el precedente literario de Robert Musil para mostrar la ferocidad de los miembros de una comunidad educativa (Gubern, 399) cuyos valores se sustentan en la fuerza y el abuso de poder. La injusticia en este caso emana de los estudiantes, pero critica la pasividad de la institución que tolera y hasta cierto punto evita mirar los abusos de un grupo de indeseables. Esta película tendría un gran éxito en los circuitos de arte y ensayo de los 60 (Zubiaur, 377), con clara influencia en otras ambientaciones escolares españolas, aunque de producción algo posterior.

Precisamente, la selección de “Arriba Hazaña” y “El Año de las Luces2, responde al deseo de mostrar algunas de esas analogías porque nuestra industria, la española, no ha sido impermeable a la representación de la escuela como marco de reflexión social.

Los ejemplos más recientes se justifican por el éxito y por la influencia lograda en los públicos de hoy y, si bien es prematuro hablar en estos casos de trascendencia histórica, ésta puede suponerse a tenor de su impacto. En caso contrario, redundar en su estudio no deja de ser algo obligado ante cualquier intento prospectivo ya sea de la futura evolución de las ambientaciones escolares, como de las propias transformaciones sociales a las que nos enfrentamos. En este sentido, las ambientaciones escolares -en nuestra opinión- son con mucha frecuencia catalizadoras de una preocupación latente (miedo al fascismo, miedo a la pérdida de valores…) actuando como verdaderos avisadores de realidades futuras intuidas o en periodo de incubación.

FUNCIÓN SOCIAL DEL PERSONAJE PRINCIPAL

Se observa una clara tendencia a centrar el programa narrativo en el punto de vista del profesor en todos los títulos que se han considerado relevantes del periodo 1930-1960, excepto en uno: “Cero en Conducta”, de Vigo, un cineasta con influencias de la Vanguardia que también en esta elección parece querer dejar constancia de su privilegiada excepcionalidad, anticipándose a toda una tendencia que se dará muy posteriormente, en la modernidad.

La película y el cineasta son por separado una excepción en todos los sentidos. Esa tendencia cambia de dirección a medida que avanza el siglo. A partir de los 60, el cine busca deliberadamente un cambio en el punto de vista, trasladando el protagonismo al estudiante y el antagonismo al profesor, lo que viene a coincidir con las convulsiones ideológicas de los 60 y, posteriormente, con el apogeo de la posmodernidad y su ausencia de valores sólidos, de referentes, que han sido sustituidos por un  relativismo traumático. En esa línea evolutiva, el protagonismo se diluye con frecuencia hacia la coralidad del héroe colectivo o más dependiente de sus ayudantes. Veámoslo.

La representación del magíster es abordada con un profundo espíritu crítico en “El Ángel Azul”, de forma bastante fiel a la obra original de Heinrich Mann. El profesor Unrath es un líder social de apariencia fuerte, pero alma débil, que acaba siendo víctima de sus propias vulnerabilidades (“rath” en alemán significa basura y sus alumnos jugarán con esta característica de su apellido tachando la primera sílaba, en claro desafío). Unrath ha llevado una vida austera, dedicada a sus estudiantes, cuando irrumpe en su existencia una mujer que le trastorna. Una mujer de cabaret que actúa como Eva tentadora que derrumbará su paraíso intelectual. El conflicto enfrenta el mundo lógico, racional, con el vacío emocional y carnal del personaje. Esta intuición genial de la novela que el cine no hace sino amplificar y matizar, pero sobre todo difundir, se da en el mismo momento histórico en el que la propia autoridad del estado está siendo puesta en duda por su aparente debilidad. La autoridad política de aquella república de Weimar que unos veían como impuesta desde fuera y otros como fácil de derrotar desde dentro, con el uso de la fuerza, por su falta de carácter y de afianzamiento social, encuentra en Unrath su trasunto. El nazismo estaba a punto de irrumpir en la escena política con su demagogia autárquica. Cuando Unrath arrepentido intenta volver a su cátedra, lo hace sólo para morir aferrado a ella, el error no deja lugar a una segunda oportunidad.

Los estudiantes de “Cero en Conducta” son ante todo revolucionarios de aquella juventud europea de principios del siglo XX, visiblemente inquieta y necesitada de cambiar el mundo, más incluso que cualquier otra juventud (hasta entonces), como señala Zweig (2002: 59). Juventud que no aceptaba los patrones ideológicos de sus mayores y que perfiló la nueva estética del siglo a partir de las heterogéneas vanguardias. La película termina con el enfrentamiento físico entre profesores y alumnos en una barricada parricida. Notamos nuevamente la correspondencia entre la propuesta ideológica de la película y las convulsiones del periodo de entreguerras. El protagonismo ha pasado ahora a los estudiantes, el film opta por ese punto de vista novedoso a la vez que se define y mucho, respecto a cuál debe ser el motor del cambio (¿la violencia a través de la revolución?). Atrás quedaba el octubre bolchevique mientras en el occidente de Europa se iniciaba el debate respecto al modelo a seguir.

A este respecto, “Forja de Hombres” aporta una visión de sentido contrario, mucho más complaciente con la realidad. El Padre Flanagan es mostrado como un ideal de justicia que sabe compatibilizar firmeza y flexibilidad bajo el ideal de la democracia. Su misión se concreta en hacer comprender al joven las ventajas de la adaptación al medio como forma sutil de cambiar una realidad que es, desde luego, manifiestamente mejorable.

“Adiós Mr. Chips” introduce la figura del maestro liberador, paradigma esbozado en “Forja de Hombres”, pero plenamente desarrollado en algunos de los títulos posteriores. Chips es un hombre que sacrifica su vida, su paternidad y hasta una carrera carente de honores y excelencias por un ideal estrictamente personal: dejar tras de sí un mundo sustancialmente mejor que el que encontró

 En “La Calumnia” se aportan dos variantes de interés: la figura del maestro se ha convertido en una mujer (también la del alumnado, pues se trata de un internado de chicas), lo que supone una incursión interesante en el universo femenino, poco explorado por el cine hasta ese momento. A la vez, la figura del docente va a ser puesta bajo sospecha: dos profesoras del internado son acusadas de mantener relaciones íntimas. Curiosa coincidencia. América ha conocido uno de los periodos más convulsos de su historia ideológica con la denominada “Caza de Brujas”. El miedo a la libertad, la sospecha, la calumnia, la pérdida del sustento económico y del prestigio social, son temas presentes en esta interesante obra. En aquellos años, las gentes de Hollywood ya habían ensayado algunos otros alegatos a favor de la libertad del hombre, como forma de exoneración por el vergonzante y aún cercano pasado (pensemos por ejemplo en Spartacus,

En “El Joven Törless” el cine alemán despierta de un extraño letargo. Las cenizas de los crematorios han dejado ascuas aún capaces de prender. Esta vez, Schlöndorff traslada la voz al pueblo, al alumnado, para mostrarle sus propias miserias en un insólito acto de contrición, a partir de una obra anterior al nazismo (la obra es de 1906). Cierto que el precedente obligado es “400 Golpes” de Truffaut, pero esta película –así lo entendemos- no es exactamente una ambientación escolar, a pesar de las continuas alusiones y críticas al entorno educativo. Incluirla en el corpus de análisis en cualquier caso, nos habría dado, casi con toda probabilidad, resultados redundantes.

“Rebelión en las Aulas” intenta recuperar el protagonismo para el profesor, pero introduciendo la variante del profesor-Mesías, antes sólo esbozada en Chips, ahora ya plena de vigor. Un profesor mesías que además es negro (doble obstáculo en unos años en los que la intolerancia empieza por los prejuicios raciales). El “profesor-mesiánico -lo denominaremos de esta manera-, casi siempre llega acompañado de un tipo de trama muy estable, en la que Balló y Pérez (1997:55) denominan trama del “Intruso benefactor”, esquema narrativo que nos enseña la llegada de un extraño y el cambio positivo de un agregado o sociedad. Los pasos en el desarrollo son muy semejantes: alguien que llega, desarma una sociedad autoritaria y, generalmente, se inmola (la inmolación se concreta en el caso de “Rebelión en las Aulas”  en un ascenso que le hace abandonar el centro educativo, pero en otros títulos, toma la forma del despido porque el esfuerzo del maestro no recibe el aplauso sino el disgusto de sus superiores).

El profesor-héroe va perdiendo sin embargo su presencia, en beneficio del héroe-estudiante. La película “If…” de Anderson ha sido incluida en el estudio por el enorme impacto que generó en su tiempo y el indudable efecto de replicación que tuvo en las producciones posteriores que afrontaron el tema de la escuela en el cine. “If…”, describe las costumbres de una institución educativa en la que se fomentan el militarismo, el culto a la fuerza y el desprecio a cualquier forma de debilidad. La película acaba con los estudiantes subidos a los tejados del emblemático edificio, disparando fuego real contra quienes les enseñaron a desfilar bajo el peso de las armas, toda una incendiaria soflama dirigida a una juventud –tal vez la primera- que rechaza abiertamente la guerra como solución natural a los conflictos. Fue naturalmente prohibida en numerosos países, pero en realidad, la sorpresa tuvo que ser relativa para los más cinéfilos, pues los planos de los tejados están literalmente calcados de los del final de aquella vieja película de Vigo, “Cero en Conducta”.

La revolución es absoluta y trasciende la pantalla porque los estudiantes ya no van a renunciar en las décadas siguientes a participar en las ambientaciones escolares adjudicándose el papel de héroes de la historia.

España, bajo la dictadura, se permite pocos ejemplos de ambientaciones escolares, al menos con alguna repercusión. Prevalecía una visión amable y algo bobalicona de la escuela, respetuosa en exceso, como cabría esperar de un cine al que se exigía ante todo respeto a la autoridad, como condición previa para llegar al público. En el periodo 1939-1969 los éxitos nacionales abordan otra clase de temáticas a través de lo que se denominó el lenguaje oblicuo. Y curiosamente va a ser una película catalogada en el género de terror, la primera que trate el mundo escolar con alguna repercusión.

Obra personal de Ibáñez Serrador, “La Residencia”  -ambientada en la campiña francesa a finales del S. XIX-, nos cuenta la historia de un niño psicópata, hijo de la directora del centro, que vive aislado y casi poseído por su madre en un mundo sin claros referentes masculinos. El niño, en plena pubertad, contempla a diario a las chicas desarrollando un voyeurismo que no es capaz de controlar. El acceso a lo femenino le está vedado porque su madre se lo impide, lo tiene psicológicamente castrado (la película es de 1969, en España se vive cierta liberación en el terreno de las costumbres, se da un cine denominado “del destape” y se comienza a criticar el excesivo rigor en materia sexual de años anteriores). El chico resultará culpable de una serie de asesinatos en serie (no será la única película de la época que establezca esa relación algo simplista entre represión y acción homicida, recordemos por ejemplo “El Cebo” de Wajda, de gran trascendencia en la década anterior). “La Residencia” anticipa dos tendencias muy gratas al cine nacional de las películas escolares: Por un lado, la obsesión por cualquier variante de represión sexual y la utilización de esa represión en muchos casos, como metáfora de la represión política, tal como lo indica José Luis Guarner, según Sánchez Noriega (Sánchez Noriega, 2002: 482). En cuanto al voyeurismo, ¿qué decir? Es una constante en el cine de la época y llega a ser un estilema de autor para directores tan celebrados como Aranda.

Nueve años después, el éxito se repite en “Arriba Hazaña” (sic, provocadora desde el título), pero Franco ha muerto y no es necesario recurrir a otras geografías, otras épocas, ni tampoco utilizar la máscara del género para desviar el mensaje. Lo que Gutiérrez intenta es un grito de libertad algo tardío, pero similar al de Vigó en los años 30 (peleas de almohadas incluidas, desnudos juveniles, etc…) o al de Anderson en los 60. La historia se sigue contando desde el punto de vista del estudiante aunque se muestra al “cura progre” como coadyuvante del proyecto de liberación, intruso benefactor que no actúa como héroe, sino que es en tal caso, consecuencia del proceso revolucionario, la recompensa lograda (su presencia en el texto se limita al tramo final, al desenlace). La película es, como le ocurre a otros títulos de la transición, una promesa de democracia. Estamos en 1978.

“El Año de las Luces” sintetiza, en este sentido, el último acto de una evolución que curiosamente marca la propia evolución de las ambientaciones escolares fuera de nuestras fronteras y que resumiríamos así: Primer acto, la búsqueda del ideal de justicia a través del ejemplo del profesor excelente; segundo acto, consecución del ideal de justicia a través de un proceso revolucionario; tercer acto –el que nos ocupa-, visión cínica (y enteramente posmoderna) del problema, el ideal de justicia (el programa narrativo del héroe) ya no es asequible, sólo podemos mirarlo con ironía, nunca lograrlo con plenitud.

En esta última fase se da una visión nostálgica del mundo de nuestros mayores: “El Año de las Luces” ambientada en la posguerra española; “Adiós Muchachos” de Malle, en los años de la ocupación nazi en Francia. En ambas, el interés por mejorar el mundo decae en beneficio de otros valores como la amistad o el amor de pareja, lo único plenamente cierto, que puede perdurar según estas cintas.

Cuando parece que está todo dicho sobre el asunto, surge en las pantallas de nuevo, el profesor como líder de la acción para el cambio, como si se acabara de cerrar un ciclo y diese comienzo un nuevo periodo. Se trata de “El Club de los Poetas Muertos”. En la ambientación se recurre de nuevo a épocas pasadas para hacer creíble el rigor de la escuela, que de una manera obsesiva preferencia las enseñanzas técnicas sobre las humanísticas, como parte de un proceso tecnocrático y deshumanizador que se vende como condición necesaria para todo aquél que aspire a ostentar el éxito social. Ante esta sociedad de ganadores versus perdedores, un profesor de literatura, el profesor Keating va a liderar la resistencia, una resistencia auténticamente mesiánica cuyo culto se profesa en la oscuridad de las catacumbas, como hicieran los antiguos cristianos. En esa resistencia contra el materialismo, clandestina, uno de los muchachos perecerá y el profesor será sacrificado. Pero su mensaje quedará para siempre en el alma de quienes le conocieron: “Oh, captain, my  captain” recitarán sus antiguos alumnos a modo de epitafio, subidos sobre sus mesas: una revolución con menos forma, pero más fondo, surgida a partir del carpe diem, lema de una generación que “ha apartado de su vida, cualquier forma de compromiso” (Quintana, 2004: 3).

El reciente éxito de Barratier con “Los Chicos del Coro”, siendo extraordinario en su brillantez, aporta poco al esquema anterior. Sustituye la figura del profesor por la del vigilante (que también da clases, por tanto es profesor aunque investido de un atributo de autoridad, aún más claro). La poesía se sustituye por música. La despedida sobre las mesas por aviones de papel en los que resplandecen los mensajes de un adiós agradecido.

Y llegamos a uno de los mayores éxitos de los últimos tiempos: “Harry Potter”. “Harry Potter” lleva de nuevo el protagonismo a la figura del estudiante, pero esta vez en forma de hijo no deseado. En una época en la que a los niños se les colma de caprichos y bienestar tal vez por lo poco que importan en lo afectivo, el pequeño Harry redescubre su libertad a través de la fantasía del cuento maravilloso tradicional, curioso anacronismo en la era de las consolas que no consuelan y de los mundos virtuales, que son todo, menos reales. Su vivencia puede ser real (es la lectura que haría un niño) o acaso la sublimación de sus carencias (sus odiados parientes son los monstruos de sus fantasías y pervive en su programa el deseo de un reencuentro con sus padres). El programa narrativo del héroe retoma aquí la tradición del relato artúrico y confiere la mayor parte de su esfuerzo a la victoria del Bien sobre el Mal. Naturalmente hay que tener en cuenta el género (fantástico) y el público (juvenil) al que va dirigido, lo que a pesar de todo no le resta valor de excepción con respecto a los otros ejemplos mencionados, por cuanto hay en la obra unos referentes muy claros, mucho más nítidos y sólidos de los que podíamos encontrar en la mayor parte de las ambientaciones escolares de la modernidad y la posmodernidad.

Conclusiones: El sentido de lo narrado

Hemos intentado abordar una interpretación histórica de 15 películas que distribuidas a lo largo de 70 años, nos presentan una serie de elementos comunes los cuales nos permiten encuadrarlas bajo una misma denominación: ambientaciones escolares o filmes de ambientación escolar.

Hemos visto cómo su evolución corre pareja a las diferentes necesidades de reflexión propias de cada lugar y momento concretos. Tras el análisis, parece evidente que el cine opta por entrar en las aulas y su problemática, para entrar también a fondo en cuestiones que van mucho más allá del mundo escolar. La escuela es el reflejo de la sociedad y el cine, el reflejo de ambas.

El microcosmos de un centro escolar, con sus categorías sociales claramente establecidas (director, celadores, personal de servicios, docentes, discentes en general…) mostrados por lo común en régimen de pensionado, parece haber brindado a los cineastas y a los autores de cierta literatura especialmente propensa para la adaptación a la gran pantalla, la oportunidad de plantear preguntas que afectan muy profundamente a las inquietudes y problemas de cada momento, sugiriendo caminos de búsqueda. Preguntas tales como “¿quién debe decidir qué?”, “¿cuáles han de ser los valores que sustenten las decisiones?” o “¿hasta qué punto es justo lo que se considera justo?”, preguntas en definitiva que resumen los aspectos más necesitados de una reflexión urgente.

Puede inferirse también, de todo ello, algún tipo de relación entre las propuestas de dichos títulos y el pensamiento pasivo de los públicos que, en su momento, demostraron su interés en ellos.

Sobre esta conclusión general cabe suponer también que si entendemos el cine escolar como un modelo que persigue imitación, su influencia en la sociedad se detecta en un doble sentido.

Por una parte, desde una perspectiva histórica, algunas películas parecen haberse anticipado a los acontecimientos. “El Ángel Azul” (Der blaue engel;  Joseff Von Sternberg, 1930) pudo suponer el aviso de un estado en quiebra, “Cero en Conducta” (Zéro de conduite; Jean Vigo, 1932-1933), “El Joven Törless” (Der Junge Törless; Volker Schlöndorff, 1966), “Rebelión en las Aulas” (To sir, with love; James Clavell, 1967) ó  “If…” (Lindsay, Anderson, 1968), el anticipo (remoto, en el caso de “Cero en Conducta”, pero bastante plausible si estimamos el parecido de esta película con los otros ejemplos) de un Mayo del 68.  “El Club de los Poetas Muertos” (Dead Poets Society;  Peter Weir, 1989) parece preludiar la autoconciencia de crisis de la posmodernidad, tendencia que no desmienten “Harry Potter” (Chris Columbus, 2001), ni “Los Chicos del Coro” (Les choristes; Christophe Barratier, 2004), en lo que respecta sobre todo al anhelo por salir de ese vacío.

Por otro lado, esta clase de cine ha servido también para la reflexión a posteriori. “La calumnia” (The children’s hour; William Wyler, 1961), plantea coincidencias en el fondo con preocupaciones netas de su tiempo. No es una película sobre el lesbianismo, como a veces se cree, sino mucho antes, sobre la capacidad de la calumnia para destruir a personas e instituciones, elevado al paradigma al final de un periodo oscuro de la Historia americana. Periodo en el que se realizó una injustificable persecución ideológica, durante la cual muchos aprovecharon para abrirse camino profesionalmente a costa de engrosar las listas negras. Pocas veces el título en castellano ha aclarado tanto el sentido de un film. “La Hora de los Niños” (el título original) es mucho más ambiguo, aunque si bien se piensa, sugiere bastantes argumentos a favor de esa codificación metafórica sobre la reflexión aquí aludida, pues es en los momentos de crisis en los que la sociedad más se infantiliza y resulta más manejable por sus líderes. Recordemos que en una codificación metafórica semejante, el cine de catástrofe describe las distintas fases de esa infantilización en los momentos de alarma generalizada y de colectivización del pánico (Ramonet, 2000: 59).

Si el cine se ha prestado a ser vehículo de reflexión social a través de la descripción de los entornos escolares, el incremento de esta clase de películas con la llegada del cine de la modernidad y su frecuente aceptación por el público, sugieren que el estado de excitación de la sociedad puede haberse incrementado a este respecto y que cada vez se hace más necesaria esa reflexión.

Sea como fuere, si las actuales ambientaciones escolares parecen haber retomado análisis y descripciones de la sociedad mucho más encaminadas a reconsiderar cuál debe ser el valor predominante, cuál la búsqueda y quién debe encarnarla y afrontarla, ¿no cabe suponer también que estamos, en esta transición de siglo, siendo testigos y a la vez partícipes de una nueva situación? Y en tal caso, ¿se ha producido ya el anhelado cambio y el cine se limita a constatarlo? ¿O por el contrario nos está avisando de su inminente llegada?

Cabe también que las actuales ambientaciones de los últimos años, sean sólo la expresión de un anhelo. Y que la superación del actual debate vaya en alguna dirección distinta, sin relación alguna con lo que las películas hayan sido capaces de imaginar. Entonces, si el resultado del proceso ha sido positivo, nadie se acordará de estos lamentos, pero en caso contrario, tal vez veamos demasiado tarde un horizonte de esperanza, a la vez que éste se aleja de forma inevitable.

CARTELERA:

https://floredo.wordpress.com/2011/02/28/la-representacion-de-la-escuela-en-el-cine-cartelera/

Podemos leer el artículo completo en CINEMANET:

http://www.cinemanet.info/2009/02/la-representacion-de-la-escuela-en-el-cine-una-metafora-del-estado-para-sugerir-las-carencias-de-so/

Se publicó originariamente en COMUNICACIÓN Y HOMBRE, en 2005

http://www.comunicacionyhombre.com/articulo.php?articulo=88

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1 Response so far »

  1. 1

    Me hizo falta “The wall” que aunque no trata exclusivamente de lo escolar juega con el rol de la escuela en un estado represivo. De Chile “Cien niños esperando un tren” maravilloso documental. Finalmente, la chilena Machuca, evoca de alguna manera a Adiós a los niños, pero caracteriza magistralmente la gran herida de la sociedad chilena: una escuela que reproduce la iniquidad.


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