CAPÍTULO VII : LA GUERRA

LOS CAMINOS DEL HOMBRE DE AZOGUE

CAPÍTULO VII : LA GUERRA

El Hombre de Azogue conocía esta colina, ya había pasado por aquí en otras ocasiones, en otros viajes, quizás hacía años, quizás hacía siglos, quizás milenios.

Aquí había un pueblo, una pequeña aldea, ahora solo hay ruinas, tan solo una casita se mantiene gracias al esfuerzo de recuperación de unos hombres de ciudad que pasan los fines de semana restaurando, picando, acarreando, adecentando.

Antes había una aldea, junto a la loma de la colina.

Subieron por un camino estrecho y no transitado, ya ni ganado sube por estos lares, no queda ni pasto, algún arbusto espinoso, alguna zarza, alguna chumbera, algún cardo.

Para el Hombre llamado Jardín  esto es todo un supermercado. Sus manos ya se están acostumbrando a soportar las punzadas de las hojas y tallos espinosos. Ya están encalleciendo.

En lo alto de la colina hay una cueva, tal vez una antigua osera que ha sido el hogar durante más de 60 años para Juan.

La primera vez que subió al monte, Juan le contó al Hombre de Azogue que había tenido que esconderse allí huyendo de los desprecios de la sociedad, huyendo de las burlas de sus convecinos.

Ahora Juan tendrá casi 90 años, aunque tal vez más de dos mil años.

Había luchado en alguna contienda. No fue voluntario. Nadie era voluntario. A todos sus compañeros de armas les habían aleccionado para que se sintiesen voluntarios. Pero él sabía que la mayoría iban forzados. Forzados por la vida, por la vecindad, por las autoridades, por la costumbre, por el qué dirán. Y decían, vaya si decían. Y vaya si hacían daño maldiciendo. Más daño hacían los que hablaban que los que disparaban.

A él le fueron a buscar los soldados a casa, eran alemanes, o franceses, o británicos, o españoles. Sí, eran españoles, pero con uniforme extranjero. Todos los uniformes son extranjeros. Del otro lado de la frontera, del otro lado de la razón, del otro lado de la humanidad, del otro lado de la vida.

Juan cogió su fusil.

Y disparó al azar. Tal vez sus balas no matasen a nadie, o tal vez sí. Al otro lado de las líneas siempre había alguien. Un campesino, un bombero, un estudiante de arquitectura, un boxeador, un electricista, un maestro de escuela o un adolescente. Muchos de los alistados eran adolescentes.

La memoria no era lineal en el tiempo. Y a veces recordaba o creía recordar que en realidad había participado en la II Guerra Púnica doscientos años antes de nuestra era.

Al mando de Escipión o de Asdrúbal Barca, arrasando la península, como ocurre en todas las guerras de la historia. Disparando al azar sobre civiles o militares. Todos los militares son además civiles, todos tienen una vida, un hogar, una familia, un destino, un futuro. No, la mayoría no tienen futuro.

Juan cogió su fusil.

Se preguntaba una y otra vez por qué luchaba, por qué mataba, por quién, quien le había obligado, quien se estaba beneficiando de su ausencia, de su vida abandonada, de sus muertes.

Cuando el Hombre de Azogue y el Hombre llamado Jardín llegaron a la cueva, Juan estaba sentado mirando al ocaso. Tenía más de dos mil años, pero aún era joven. Aunque nunca había podido ser joven.

Juan miraba el ocaso.

-¿Qué miras Juan? ¿Otra vez estás soñando con ser joven?

-Estaba observando que el ocaso es como un gran agujero en el corazón de la humanidad.

http://www.youtube.com/watch?v=NJ-eKGakGkg

Johnny got his gun

 

1 Response so far »

  1. 1

    Charo said,

    Me encantan las entradas de “El hombre de azogue”. Son pura poesía. Es verdad que para mí tiene muchas connotaciones, pero estoy segura de que le gustarán también a quienes no conozcan al autor ni su historia.

    Muchas gracias por este regalo.


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