CAPÍTULO IV: MARCO (De los Apeninos a los Andes)

LOS CAMINOS DEL HOMBRE DE AZOGUE

CAPÍTULO IV: MARCO (De los Apeninos a los Andes)

A la mañana siguiente, el Hombre de Azogue y el hombre llamado Jardín se despertaron al unísono. Aún era de noche y estaban desnudos, pero no tenían frío. Comieron unas bayas y emprendieron el camino hacia ninguna parte. O hacia un destino desconocido. O hacia un futuro predestinado.

Por el camino encontraron un pequeño arrollo que tuvieron que vadear, bebieron agua. Iban alimentándose de las bayas y algunos frutos de árboles silvestres. Robaron dos huevos de un nido de gorriones y se los comieron.

Pero sobre todo se alimentaron de la compañía, de la cercanía.

El hombre llamado Jardín no era especialmente hablador y tenía pocos recuerdos que compartir.

De repente, sin saber porqué, se acordó de una serie de dibujos animados que solía ver cuando era niño.

-“Se trataba de un niño que se lanza a caminar atravesando medio mundo en busca de su madre. Ni siquiera recuerdo si llegó a encontrarla. Lo interesante fueron las mil aventuras que, sábado tras sábado, fue experimentando en el camino. A cada paso, a cada nueva experiencia, iba madurando. Se iba haciendo más hombre, más humanista” (*)

Marco

Marco

Al hombre de azogue le hizo gracia ese recuerdo infantil. Él había nacido en medio de una guerra, sus recuerdo infantiles eran los propios de una generación sumida en la reconstrucción, en el miedo, en la añoranza, en el pasado. Su familia estaba sumida en el pasado. Los niños no siempre comprenden lo que ocurre a su alrededor.

-“Hace unos pocos días, escuché hablar a un niño con su padre. Le preguntaba incrédulo: ¿Pero los piratas existen de verdad?. El padre le respondía que sí, que secuestran barcos, que roban mercancías, pero que no necesariamente tenían una pata de palo, un parche en un ojo y un loro en el hombro”

Los niños no siempre comprenden lo que ocurre a su alrededor. Tampoco los adultos comprendemos lo que ocurre o lo que nos ocurre. Tampoco Marco sabía porqué había tenido que emigrar su madre, porque había tenido que dejarle abandonado. Tampoco, seguramente, su madre lo sabía. Tampoco yo, que escribo este relato sé cual es el destino de este relato, cual es el porqué de este relato, cual es el final de este relato.

-“No sé porqué me he acordado ahora, de repente, supongo que será porque Marco iba por los caminos como nosotros”. El hombre llamado Jardín sonreía.

-“Pero él tenía un objetivo claro, un destino fijado aunque incierto. Yo no sé a donde voy, a quien o qué busco, porqué voy. Porque no me quedo en un punto fijo y espero que el mundo pase ante mí, en lugar de ir a recorrerlo”. El hombre de Azogue reflexionaba. “¿Y tú? ¿porqué vas conmigo en lugar de seguir tu propio camino? ¿Buscas algo o a alguien concreto?”

Tampoco el hombre llamado Jardín sabía lo que le ocurría.

“Simplemente voy contigo”. Respondió.

Y volvió a sumirse en el recuerdo de Marco:

-“Tenía un mono que le acompañaba, se llamada Amedio. Supongo que el camino, cualquier camino, con destino o sin él,  es más duro si tu único acompañante es un mono que si es un hombre”

-“Depende, con un mono no tienes posibilidad de discrepar” Asumió el hombre de Azogue.

-“La serie tenía una canción que decía. “somos dos que sin temor, suben y bajan montañas”

(*) ”Marco, de los Apeninos a los Andes” es una relato breve de ficción incluido por Edmundo de Amicis en su novela Corazón, publicada en 1886. Narra la historia del extenso y complicado viaje de un niño de trece años, Marco, desde Italia hasta Argentina, en busca de su madre, que había emigrado a aquel país sudamericano dos años antes. El relato aporta una cruda visión de la emigración italiana que tuvo lugar durante el siglo XIX.corazón

Edmundo de Amicis

Edmundo de Amicis

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1 Respuesta so far »

  1. 1

    Charo escribió,

    Cuando era pequeña, “Corazón” eara un libro de lectura que, en su tiempo, no había sido muy bien visto por los sectores más conservadores (inexplicablemente).

    Aunque tenía fama de cursi y relamido, a mí me encantaba, y me sigue encantando. Es cierto que adolece de algunos rasgos un tanto melifluos, por otra parte, muy propios de la época en que apareció. Pero la ternura, la solidaridad, la idea de que el esfuerzo personal y el rigor en el trabajo son valores positivos, me gustaron entonces y me siguen pareciendo ahora cuestiones que, aunque a veces suenen a rancio, nunca caducan.


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