CAPÍTULO III: MI NOMBRE ES JARDÍN

LOS CAMINOS DEL HOMBRE DE AZOGUE

CAPÍTULO III: MI NOMBRE ES JARDÍN

Aquella mañana de octubre, tras el sueño, el hombre de azogue caminaba con cierto desasosiego. Sentía que algo extraño estaba ocurriéndole.

Cada paso que daba era como si alguien diese otro paralelo a su lado. A cada parada que hacía le parecía que alguien se detenía junto a él.

Se sentía acompañado. Esta sensación le daba seguridad, tranquilidad por un lado, pero le estremecía por otro. Porque no sabía quien estaba con él, por qué razón estaba con él, desde cuando estaba con él, hasta cuando estaría con él.

Aunque no recordaba bien el sueño, estaba seguro de que a este hombre que le acompañaba lo había visto en el sueño. O tal no lo había visto pero estaba allí. Ahora le tenía junto a él, pero no estaba seguro de estar viéndolo.

Se detuvo para beber agua de un pozo.  El hombre que le acompañaba iba tarareando una canción que recordaba haber oído cantar a Jorge Negrete en una película:

“Aquellos tiempos que mi amor fue para ti

aquellos besos que no fueron para mí,

en su mentir yo me creí

y a tus encantos me rendí.

De haber sabido que al fin te iba yo a perder,

te hubiera dado yo a beber…

Agua del pozo de la Virgen mexicana,

pa que aprendieras a querer.” (*)

Jorge Negrete

Jorge Negrete

Cuando era joven alguien le había dicho que se parecía a Jorge Negrete. Pero ahora no estaba seguro ni de sus facciones.

Jack Lemmon

Jack Lemmon

En otra ocasión una amiga le había dicho que en realidad a quien se parecía era a Jack Lemmon. Pero ahora no estaba seguro ni de sus facciones.

Burt Lancaster

Burt Lancaster

Puestos a escoger, tal vez a él le hubiera gustado más parecerse a Burt Lancaster, Pero ahora no estaba seguro ni de sus facciones. Y en realidad tampoco recordaba nítidamente las facciones de Lancaster. Vagamente le imaginaba volando en lo alto de la carpa de un circo, al compás del Danubio Azul de Strauss.

Tiró el cubo al fondo del pozo y empezó a izarlo lleno de agua. Pero alguien estaba ayudándole, la cuerda subía sin ningún esfuerzo, había un hombre junto a él que estaba compartiendo su sed, su canción, sus películas. Soltó definitivamente la cuerda y el cubo terminó por subir hasta el brocal.

“Bebe tú primero”- No sabía si había llegado a pronunciar las palabras.

“Gracias”- Y el hombre dejó de cantar, inclinó el cubo y bebió derramando parte del agua sobre su pechera.

“¿Quién eres?”- No estaba seguro de querer inquirir más sobre él.

“Mi nombre es Jardín, bebe, está fresca”.

El hombre de azogue se extrañó de que su acompañante no le preguntase por su identidad. Tal vez no pensaba compartir mucho tiempo el camino con él. Podría ser que solo fueran a coincidir durante unos metros, tal vez kilómetros, tal vez días. Y después se separarían tomando rumbos divergentes. No estaba seguro de querer inquirir más sobre él. Le gustaba sentirse acompañado.

“¿No tienes frío?”- El hombre de azogue siempre caminaba desnudo, como dormía, y esta mañana la temperatura no era muy propicia.

“Sí, tengo frío”- Pero él no daba importancia al calor, al abrigo. Si todas las criaturas de la Tierra podían sobrevivir en la intemperie sin vestimenta, gracias al calor de su sangre, de su piel, de su pelo; ¿porqué los humanos no iban a poder? Su pecho se había curtido con el viento y con los rayos de sol. Sus piernas y sus pulmones se habían fortalecido con las largas caminatas que emprendía a diario, desde hacía años. Desde que era joven. Desde que estaba solo. Desde que era de azogue.

No podía distinguir si el hombre que le acompañaba estaba vestido o desnudo. Y no se atrevió a preguntarle, por pudor, por respeto, por falta de confianza. O tal vez por desinterés. No estaba seguro de querer inquirir más sobre él.

Recordó que en el sueño caminaba de espaldas. Y que a lo lejos un buzo de adentraba en el mar, caminando también de espaldas. El hombre que se llamaba Jardín siguió tarareando:

“…con el amor no hay que jugar.

De un hombre macho que te entregue sus quereres,

jamás te vuelvas a burlar” (*)

Caminaron todo el día juntos, casi sin hablarse, casi sin comer, casi sin orinar, casi sin mirarse, casi sin verse. Y, como cada día, empezaba a atardecer.

“¿Vas a volver a dormir?”- El hombre que se llamaba Jardín parecía cansado.

“Me da igual, podemos dormir aquí mismo”- Pensó que el hombre que se llamaba Jardín no estaría acostumbrado a dormir a la intemperie.

“Hay pequeñas oseras deshabitadas entre estas rocas”.

 

(*) “Agua del Pozo” de Chucho Palacios, interpretada por Jorge Negrete en la película “Jalisco canta en Sevilla”, dirigida por Fernando de Fuentes, 1948.

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