CAPÍTULO II, UN SUEÑO

LOS CAMINOS DEL HOMBRE DE AZOGUE

CAPÍTULO II, UN SUEÑO

Algunas noches, las más, sufría de insomnio, y entretenía el tiempo de oscuridad en intentar olvidar lo vivido.

Esa noche, tras el hallazgo y ocultamiento de la herradura, tuvo un sueño. No era la primera vez que soñaba. Aunque a decir verdad, sí podría haber sido su primer sueño. O su último sueño.

Al despertar casi nunca recordaba los sueños, aunque sabía si se había sentido feliz, triste, desasosegado, o indiferente durante el sueño.

En el sueño, paseaba por el borde de una playa congestionada de paseantes y bañistas, hombres gordos de espuma que flotaban a su alrededor, mujeres transparentes que se confundían con los rayos de un sol de agosto, jóvenes atléticos que chapoteaban enérgicamente salpicando sus testículos, niños como gritos, y alguien a su lado que le llamaba por su nombre. Un nombre que, sin embargo, no reconocía.

No podía ver quien le llamaba, y de hecho no estaba seguro de que le estuviera nombrando a él.

Cuando soñaba, unas veces se veía a sí mismo en el sueño, como si en realidad fuera otra persona quien estuviera soñando con él. En otras ocasiones no podía verse a sí mismo, solo veía a quienes le rodeaban compartiendo escena. En esta ocasión, ni siquiera podía ver a esa otra persona que le requería, o que él sospechaba que le requería. Que le acompañaba, o que él sentía que le acompañaba. Que le veía, o que él deseaba que le viera.

A menudo las escenas de sus sueños se interrumpían sin razón y diferentes espacios, personajes y situaciones inconexas se sucedían a modo de collage.

Así de la playa pasó a caminar entre acantilados. El hombre de azogue era ágil sobre las piedras inclinadas, escarpadas, desniveladas. Se paró y volvió la vista intentando ver al hombre que le seguía torpemente sin equilibrio. Pero aunque sentía su presencia no pudo verle.

Miró hacia el mar, un pescador había atrapado con su caña a un buzo que se agitaba en el aire con la boca sangrante atravesaba por el anzuelo. Le pareció que el viento le salpicaba gotas de sangre. Aunque tal vez fueran gotas de su propio chorro de orina.

Alargó sus manos y sujetó fuertemente el volante de su automóvil. Subía por una empinada pendiente por una estrecha carretera zigzagueante. Sintió sobre su muslo la mano del otro hombre y perdió peligrosamente la concentración. Supuso por unos instantes que iban a sufrir un accidente. Pero continuó conduciendo sin mirar al supuesto acompañante, al que en cualquier caso estaba seguro de no poder haber visto.

Se sentó en un banco de granito junto al paseo marítimo para comerse el bocadillo mientras hundía los pies en una palangana de porcelana metálica con una solución de vinagre, sal, y limaduras de hierro. Una pequeña carpa rojiza nadaba suavemente entre sus piernas. Entonces se dio cuenta de que podía ver el pez, podía ver la palangana, pero no veía sus pies. Podía ver el bocadillo, pero no veía sus manos.

La luna dejaba un rastro sobre la superficie del agua en forma de serpiente. Era una serpiente plateada que, acompasando su suave movimiento al armonioso oleaje, se deslizaba por la arena y se acercaba mansamente hasta aposentarse en su regazo. Dio otro muerdo al bocadillo. Se levantó y empezó a caminar de espaldas por una acera en pendiente.

Tuvo la extraña sensación de que todo esto estaba siendo un sueño, que en realidad toda su vida estaba sendo un sueño. Que en realidad nunca había visto el mar. Que su realidad estaba a sus espaldas. Caminaba seguro porque sabía que alguien le acompañaba, aunque no lograse verle, y confiaba en que ese alguien no permitiría que tropezase.

Volvió a ver a lo lejos al buzo que había logrado deshacerse del anzuelo, su boca seguía sangrando, pero sonreía. También caminaba de espaldas adentrándose en el mar y se perdió en la oscuridad.

Todo el sueño se perdió en la oscuridad.

Despertó, o creyó despertar. Pero aún era noche. “Me he despertado por el frió”, supongo que pensaría. Tal vez no volviera a dormirse.

Pedro García Cabrera

Pedro García Cabrera

O tal vez soñara que recitaba versos de Pedro García Cabrera:

“Esta noche he soñado con la mar.

Ningún silencio puntiagudo,

ni la más leve arista de angustia,

ni las nieblas del fondo perdido en la memoria

me quedaron en pie.

Todo estaba en una caracola de rumores…

En medio de mi sueño

toda la sal del mar la sentía en mí mismo

cantando como un pájaro.”(*)

Y poco a poco se fue abriendo el día. El hombre de azogue se puso en pie, y empezó a caminar.

Antología "A la mar fui por naranjas", 1979

Antología "A la mar fui por naranjas", 1979

(*) “A la mar fui por mi sueño”. De Pedro García Cabrera. Del poemario “La esperanza me mantiene” (1959).

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