CAPÍTULO I: LA HERRADURA

LOS CAMINOS DEL HOMBRE DE AZOGUE

CAPÍTULO I: LA HERRADURA

La llegada del otoño dibujaba silencios en los caminos de azogue, cada vez más profundos y sudorosos, cada vez más sangrantes y seductores.

Analizando espina a espina los ciclos de sus viajes, llegamos a concluir que las hojas no eran espejos de armonía, ni tan siquiera acumulaban el tiempo en su savia, tan solo, tal vez, un agrio desplome de sinceridad, de animosidad.

Era como un reloj junto a la playa, cuyas agujas ya no girasen por efecto del óxido marino, pero la sonería continuara alardeando horas vacías a los vientos. Horas desnudas de vida, desnudas de coraje, desnudas de tiempo.

Cada septiembre llegaba sin prisa, pero inexorable. Y se cepillaba las uñas en el lavabo de la estación de servicio. Con olor a gasolina, a neumático, a taller. Una mancha de orín junto a la bragueta del pantalón simbolizaba su destierro. Llegaba con las manos vacías, el estómago vacío, el cerebro vacío. Ni una palabra de su luz, ni un abrazo de su mirada, ni al menos una huella de barro de sus correrías por el mundo.

Dormía desnudo a la intemperie, no temía al frío, ni a las gripes cada año más sofisticadas que asolaban las vidas pobres de los pobres humanos. Al amanecer se levantaba desnudo como había dormido, saludaba al sol con un gesto de incredulidad. Si no había dormido bien le hacía un corte de mangas, en silencio.

Nadie pudo verle o nadie intentó jamás verle. Nadie supo que podría intentar verle. Era una ventaja sobre los mortales, porque se suponía con derecho a discrepar de la naturaleza. Incluso a discrepar de sí mismo, de su propia naturaleza.

El hombre de azogue caminaba cada día durante horas.

Bajo sus pies sin calzado la tierra fría parecía conversar animadamente, inocuamente. “Mira”,”oye”,”dime”, “¿cómo?”, “¡no!”,”¡muy bien!”, “¿sí?”, “¿de verdad?”, “¡vamos!”, “espera”, “ten”, “dame”, “espera”, “¡uf!”, “¡joder!”…animadamente, inocuamente, sin corazón, sin proyección. Y sus pies pisaban sin escuchar, sin descubrir, sin necesitar.

Solía mirar al frente, aunque no mostraba interés en el paisaje que le rodeaba.

En un momento dado, mirando al suelo vió un pedazo de hierro forjado en forma de “U”, con tres orificios a cada lado. “Es una herradura”, pareció pensar mientras se agachaba dificultosamente, se arrodilló ante el hallazgo y lo acarició con la yema de sus dedos.

Lawrence Olivier en Ricardo III (1955)

Lawrence Olivier en Ricardo III (1955)

Recordó una leyenda popular según la cual que Ricardo III de Inglaterra habría perdido su reino a causa del clavo de una herradura de su caballo mal sujeta que, al caerse, hizo tropezar a su real cabalgadura y en un momento se vio rodeado de enemigos y allá se fueron rodando caballo y caballero. Mala suerte.

Surp Sarkis

Surp Sarkis

Pero también sabía de una leyenda armenia sobre Surp Sarkis, una especie de Santiago o San Jorge, guerrero montado en un caballo blanco,  protector de los viajeros, que tradicionalmente visitaba todas las casas armenias montado en su corcel y la pata de su caballo dejaba la marca de la herradura en la bandeja de pojint para la alegría de todos. El pojint es un plato especial que se hace para celebrar la festividad  del salto, se hace con trigo que primeramente se tuesta en una gran sartén y tras enfriarse se muele, obteniéndose una harina perfumada y de sabor muy agradable.  Buena suerte.

El hombre de azogue dudó razonablemente. Mala suerte, buena suerte. Es lo mismo, le gustaba el tacto áspero del metal toscamente labrado, la forma curva que le recordó que su camino era cíclico y en algún momento debería volver para dormir en ninguna parte, sin dar las buenas noches a nadie. Sin penetrar el cuerpo desnudo de nadie. Porque nadie podía verle y nadie había intentado jamás verle. Nadie sabía que podría intentar verle. Tal vez él tampoco sabía si podría ser visto.

Sus dedos recorrieron uno a uno los orificios de los clavos de la herradura, huecos vacíos y desarmados, sin violencia, sin sangre, sin vida. Ventanas minúsculas por las que no podía asomarse a ningún espacio diferente, a ninguna ilusión, a ningún futuro.

Con sus manos escarbó un pequeño foso en la tierra seca,  enterró la herradura y volvió a rellenarlo con tierra. Había oído en alguna parte que si se enterraba una herradura durante siete días en un cruce de caminos o en un bosque, durante ese tiempo absorbería la sabiduría del mundo.

“¿La sabiduría?” se preguntó desde el fondo de un pecho cansado de algodón. “¿Del mundo?”. Y se miró las manos sucias. “¿Absorber?”. Se puso en pié y sin esperar respuestas dio media vuelta y regresó arrastrándose sobre sus pasos para volver a dormir en ninguna parte, sin dar las buenas noches a nadie. Sin penetrar el cuerpo desnudo de nadie.

Tras él el sol se ponía lento pero imparable, las nubes teñían el cielo de rojo, anaranjado, amarillento. Pero él le daba la espalda. Cada atardecer regresaba dando la espalda a la puesta. Si pudiéramos haberle visto en esta huída, habríamos podido ver reflejado ese cielo perverso sobre su pulida espalda de bambú.

Pero nunca pudimos verle.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: