22 DE OCTUBRE DE 2007

El 22 de octubre comenzó la enfermedad de Manolo.

Además de intentar publicar artículos sobre investigaciones e investigadores contra el cáncer, quiero recordar aquí aquellos días.

El lunes, día 22 de octubre fue a hacerse un análisis de sangre para comprobar los niveles de coagulación, cada seis meses este análisis era más completo para comprobar a su vez la respuesta del organismo a la válvula que llevaba implantada desde hacía 25 años.

Yo solía ir derecho del colegio al gimnasio en la calle Alberto Aguilera.

Me estaba cambiando cuando me llamó por el móvil para decirme que tenía que ir al cardiólogo porque estaba muy enfermo. La clínica del cardiólogo está en la calle Conde Duque. Me volví a vestir y al salir me encontré con él en la calle.

Por el camino me contó que por la mañana había ido a hacerse el análisis y por la tarde le habían llamado pidiéndole que volviera para repetírselo, ya que habían encontrado indicios muy extraños. Tras repetírselo le confirmaron que estaba muy anémico y que convenía que se pudiera urgentemente en contacto con su doctor. El centro de análisis está en la calle Sagasta, así que había ido decidido ir caminando hasta la clínica de Conde Duque y me había llamado mientras caminaba.

En la clínica de Conde Duque le hicieron las pruebas que semestralmente le hacían para comprobar el funcionamiento de la válvula. Le dijeron que estaba funcionando bien, la anemia no tenía en principio nada que ver con el corazón. Le recomendaron que se fuera por urgencias a un hospital.

El más cercano era el Hospital de Madrid que está en la Plaza del Conde de Valle de Suchil, nos fuimos hasta allí.

Mientras esperaba turno fui a casa a por un pijama y su bolsa de aseo ya que suponíamos que le iban a ingresar. Tomé a su vez uno para mí, para quedarme con él. Cuando llegué ya había entrado en consulta. Me dijeron que esperara y que si lo ingresaban me fuera derecho a la habitación.

Le ingresaron, pero me insistió en que yo me fuera a dormir a casa. Que estuviéramos en contacto por teléfono, y al día siguiente me fuera a colegio y por la tarde volviera al hospital. Le pusieron una transfusión y me marché.

Estos primeros días fueron los más angustiosos, no sabíamos qué le pasaba. Le hicieron muchas pruebas, probaron tratamientos de antibióticos, le hacían análisis diarios y los resultados empeoraban día a día. Se iba quedando sin plaquetas y sin glóbulos rojos. Hasta que le diagnosticaron un Síndrome Mielodisplásico, le dijeron que era una preleucemia, una enfermedad en principio menos grave que una leucemia. Y el miércoles día 31 le trasladaron al Hospital Madrid Norte Sanchinarro.

He querido ilustrar el 22 de Octubre de 2007 con algunos artículos publicados en El País. Desde aquel día, compraba el periódico a diario y solía leérselo, ya que él se cansaba.

Un artículo sobre la película de José Luís Cuerda “Los girasoles ciegos”, que estoy seguro que a Manolo le habría gustado ver y no tuvo ocasión:

LA OTRA VIDA DE ‘LOS GIRASOLES CIEGOS’

CUERDA ADAPTA EL LIBRO DEL FALLECIDO ALBERTO MÉNDEZ EN TORNO A LA GUERRA CIVIL – REGRESA UNO DE LOS GRANDES FENÓMENOS EDITORIALES DE LOS ÚLTIMOS AÑOS EN ESPAÑA

http://www.elpais.com/articulo/portada/regreso/girasoles/ciegos/elpepicul/20071022elpepicul_3/Tes

Y el editorial sobre la beatificación de “mártires” de la guerra civil, sólo los mártires del bando fascista sublevado en armas contra el gobierno democrático, claro:

BEATIFICACIÓN MILITANTE

LO QUE SE DEBE REPROCHAR A LA IGLESIA ES LA MEZQUINA DISTINCIÓN ENTRE SUS VÍCTIMAS Y LAS QUE NO LO SON

http://www.elpais.com/articulo/opinion/Beatificacion/militante/elpepiopi/20071022elpepiopi_2/Tes

LA OTRA VIDA DE ‘LOS GIRASOLES CIEGOS’

CUERDA ADAPTA EL LIBRO DEL FALLECIDO ALBERTO MÉNDEZ EN TORNO A LA GUERRA CIVIL – REGRESA UNO DE LOS GRANDES FENÓMENOS EDITORIALES DE LOS ÚLTIMOS AÑOS EN ESPAÑA

Rocío García – Madrid – 22/10/2007

“Bajo la represión, todas las historias de amor son imposibles. La represión convierte a todos en víctimas. A los acosadores, porque los convierte en alimañas; a los acosados, porque los convierte en despojos”. Maribel Verdú tiene escrito a lápiz en su copia de guión este apunte, uno de tantos, que le trasladó José Luis Cuerda para encarar el rodaje de Los girasoles ciegos, el sobrecogedor libro con el que Alberto Méndez obtuvo el Premio Nacional de Narrativa y el Premio de la Crítica de forma póstuma.

Tiene la actriz otra anotación, ésta de cosecha propia, que es el final de un poema de Antonio Machado: “Sólo recuerdo la emoción de las cosas y se me olvida todo lo demás. Muchas son las lagunas de mi memoria, pero más los recuerdos de mi historia”.

Los girasoles ciegos camina por la derrota moral de los vencidos, los de la Guerra Civil española, a través de cuatro historias de horror y desolación, cuatro relatos para avivar la memoria contra el olvido de los perdedores. Acaba de terminar la contienda y son años de represión y dolor, de miedos, de valores pervertidos. “Es un retrato de cómo los sentimientos se corrompen con la represión”, asegura José Luis Cuerda, autor junto a Rafael Azcona del guión del libro.

Sabe Cuerda que está ante un relato duro y triste. “La vida es así, triste, aunque con momentos cojonudos que debemos acumular. Es verdad que lo que narra la historia no es risible, pero sí gratificante por lo que tiene de conocimiento de la entraña humana. La observación del dolor ajeno siempre es dolorosa, pero el acceso a las verdades es altamente gratificante. Soy partidario de la excitación”, añade este realizador, apasionado de las historias de moral difícil y del cine alejado del espectáculo y los fuegos artificiales.

En el pasillo de ese edificio madrileño se palpa la felicidad del director, inoculada en el resto del equipo, pero también la tristeza. La tristeza de una despedida que se intuye definitiva. Es un pasillo largo, con libros a ambos lados, casi en penumbra, con el único balconcillo resguardado del exterior por unas cortinas blancas. Se intuye la luz, pero nadie te puede ver desde fuera. En el zaguán de una puerta aparece Ricardo (Javier Cámara) en pijama y batín de pana marrón; también zapatillas de fieltro. Su rostro muestra el dramatismo del momento. Abrazará a su hija Elenita (Irene Escolar) por última vez. Está embarazada de ocho meses, y Elenita y su novio Lalo (Martín Rivas) escapan al exilio. Nunca más volverán a verles. Ni su padre, ni su madre Elena (Maribel Verdú) ni su hermano pequeño. Todos lo saben y todos hacen como que no lo saben. Guardan las apariencias, y más que nadie la madre. Delgada, con una melena corta, elegante, vestida con sencillez, falda negra, camisa de seda clara y chaqueta de lana gris, da el último adiós a esa hija de 17 años que, con una maleta y una manta, inicia una huida imposible en busca de algo mejor.

Cuerda le debía una a Maribel Verdú. Es la primera vez que trabajan juntos, pero la actriz ya lo había intentado hace muchos años cuando el realizador preparaba el casting de su película Mala racha. “Fui con mi madre a presentarme a las pruebas. No me cogió porque dijo que era demasiado guapa”, recuerda la actriz en un descanso del rodaje, en una habitación con vistas al Retiro de Madrid, frente al estallido de colores otoñales de los árboles. “Es verdad, era demasiado guapa”, corrobora poco después Cuerda. Ahora, al contrario, ha ido buscando esa belleza poderosa pero delgada y frágil. Con caderas postizas bajo la falda negra, Verdú tenía el libro de Los girasoles ciegos lleno de apuntes y subrayado cuando le llamó Cuerda. Era el regalo favorito que en 2005, cuando se publicó el libro, hizo a muchos de sus amigos. “Es una historia conmovedora, real. Una historia de amores imposibles, de una mujer que tiene un marido que ni la ve, ni la toca, y cómo ve la destrucción de su vida. Yo necesito cine terrenal”, explica la actriz, que ha encontrado en José Luis Cuerda esa complicidad emocional que tanto busca a la hora de trabajar.

El atuendo doméstico de Javier Cámara le señala como lo que es en Los girasoles ciegos: un muerto en vida, un profesor comprometido y cobarde. “Soy firme partidario de la cobardía”, asegura. “Es un hombre metido en un cajón, acosado por la policía, del que su hijo niega su existencia, y con una mujer que sostiene una extraña relación con un diácono”, comenta el actor.

“Con este proyecto hay que ir hasta el final. No hay juego, es todo pura realidad”. Se cierra el batín de pana para sentarse en la cama que amuebla una habitación. La cama del fantasma.

BEATIFICACIÓN MILITANTE

LO QUE SE DEBE REPROCHAR A LA IGLESIA ES LA MEZQUINA DISTINCIÓN ENTRE SUS VÍCTIMAS Y LAS QUE NO LO SON

Editorial 22/10/2007

El próximo domingo, el Vaticano beatificará a 498 nuevos mártires en una solemne ceremonia que tendrá lugar en la plaza de San Pedro y que contará con la asistencia del papa Benedicto XVI. La beatificación colectiva más numerosa de religiosos asesinados durante la Guerra Civil ha sido enérgicamente impulsada por la jerarquía eclesiástica española, que ha negado, sin embargo, cualquier intención de contrarrestar con este acto la reciente aprobación de la Ley de Memoria Histórica. Si la Conferencia Episcopal no hubiera mostrado la beligerancia política de la que ha hecho gala durante los últimos años, esta declaración podría tener alguna verosimilitud. Pero su persistente e indisimulado activismo político le restan cualquier valor. Como en la polémica acerca de la asignatura de Educación para la Ciudadanía o, incluso, en el reciente acoso a algunas instituciones y magistraturas del Estado, la Iglesia sigue reclamando en la vida pública española un espacio que no le corresponde.

Pero, además, sigue reclamándolo desde unas posiciones abiertamente partidistas, cuando no directamente sectarias, tanto en lo que se refiere a los asuntos de actualidad como en lo relativo a la reciente historia del país. A diferencia de lo que cabría esperar de una institución que dice estar al servicio de los mensajes evangélicos, la jerarquía eclesiástica española no pretende colocarse en una posición que contribuya a serenar los debates, sino que sólo se propone ayudar a que triunfen aquellas opciones que considera las suyas. La beatificación del próximo domingo obedece a esa lógica: proclamar la condición de mártires para 498 víctimas de un bando de la Guerra Civil y no compadecerse siquiera de las víctimas del otro es una prueba de ceguera que sólo puede explicar el sobrevenido fanatismo de la Conferencia Episcopal. Sobre todo cuando, habiendo sido la Iglesia beligerante en la contienda, hasta el punto de conceder a una rebelión militar la consideración de cruzada y de haber honrado a su máximo dirigente bajo palio, la jerarquía eclesiástica no ha reconocido nunca el error de haber apoyado a un ejército sublevado que hizo del terror un instrumento habitual, luego prorrogado durante una interminable dictadura.

La jerarquía eclesiástica española ha renunciado a la autoridad moral en favor de la militancia política. Después de tres décadas de libertades democráticas, la sociedad española ha sabido avanzar en otra dirección, y por eso no se puede reprochar a la Iglesia que distinga como mejor estime a unas víctimas que considera las suyas. Lo que se le debe reprochar es, precisamente, que establezca una mezquina distinción entre las suyas y las que no lo son. El propio Vaticano parece haber mantenido por esta razón algunas reservas hacia el acto que se celebrará el próximo domingo, sólo vencidas por la insistencia de los obispos españoles. Éstos aseguran que España es país de mártires. No es necesariamente un timbre de gloria; también puede ser un motivo de espanto que habría que conjurar.

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