LA FABULACIÓN DE LA PANTALLA

El gran proyecto de Manolo se materializó.

Filmoteca Española, acaba de editar el libro “La Fabulación de la Pantalla”, sobre la vida y obra de J.F. Aranda. Este ha sido el proyecto más importante que se propuso Manolo.

 

Ya poco tiempo después de morir Aranda, y de conocerme a mí, tuvo las primeras conversaciones con el director de la Filmoteca. Manolo quería rendir homenaje a la memoria de Aranda y a su vez cumplir con la voluntad del mismo, quien le había sugerido que su legado cinematográfico fuera donado a los archivos de la Filmoteca. Desde el principio hablaron de la posibilidad de programar una semana de cine en torno a la labor de Aranda como crítico, pero Manolo se decantó por la edición de un libro porque era un documento menos etéreo que quedaría para la posteridad.  Ya en aquellos primeros años algunos cineastas amigos de Aranda  comenzaron a elaborar escritos para el proyectado libro. Sin embargo, por razones varias la obra se paralizó.

 

Hasta que un buen día Manolo decidió insistir y retormar el trabajo, y he aquí que el proyecto cayó en manos de Charo. A ella debemos que la edición haya llegado a buen término. Se contrató a Breixo, quien se entusiasmó con la figura de Aranda,  se formalizó la donación del legado a la Filmoteca. y desde entonces los cinco nos convertimos en una nueva familia. Me incluyo junto a Breixo, Charo, Manolo y por supuesto Aranda. Comidas y sobremesas compartidas, mails y una corriente de afectividad nos ha ido uniendo y creo que de nuestra unión ha salido la energía necesaria para que el gran proyecto se haya materializado.

 

Debo mencionar la importante labor de Eugenio Castro quien organizó con Manolo todo el material que después yo informaticé como paso previo a la donación del legado.

 

Desgraciadamente Manolo no ha podido ver hecho realidad su sueño, circunstancia que, en mi caso, ha llegado a provocar desánimo, decepción, impotencia e incluso rabia. Pero gracias al apoyo incondicional de Charo y Breixo lo hemos conseguido. Lloré de emoción y alegría cuando lo vi impreso, después, a solas, lloré por la pena de que Manolo no hubiera podido verlo. Ahora quiero difundir la edición para que este homenaje a Aranda sea a su vez un homenaje a Manolo, a su memoria, a su empeño, a su decisión, a su proyecto.

 

Reseña del libro:

“José Francisco Aranda. La fabulación de la pantalla. Escritos cinematográficos”.

Edición a cargo de Breixo Viejo.

Presentaciones de Basilio Martín Patino y Manuel Rodriguez Mateos.

Edita: Filmoteca Española. Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales. Ministerio de Cultura.

Colección: Cuadernos de la Filmoteca Española, número 12.

Madrid 2008.

 

Reproduzco el texto que aparece en el libro bajo la firma de Manolo:

 

“Un espíritu libre

Manuel Rodríguez Mateos

 

José Francisco Aranda dedicó su vida casi por entero al cine. Cuando era niño, en Zaragoza, entretenía a sus amigos con un pequeño teatrillo de cartón que le habían regalado y que disponía de unos mandos laterales con los que movía a los personajes del escenario, emulando las historias que por entonces veía en las salas del cinematógrafo. Pronto se hizo con un proyector y empezó a exhibir para grupos reducidos películas que le gustaba comentar en público después de las proyecciones. De aquellos años de infancia es el magnífico diario que todavía conservo, realizado a finales de la década de 1930, en el que ejerció por primera vez la “crítica de cine”. Junto a recortes de periódicos y fotografías de actores y actrices, Aranda anotaba en aquel pequeño cuaderno sus primeros comentarios acerca de por qué le gustaba una u otra película.

Esta temprana fascinación por las imágenes respondía también, según su propia teoría, al tiempo tan adverso de Zaragoza. En invierno, debido al desapacible clima de la capital, la gente no tenía otro remedio que refugiarse en los soportales… ¡y en las salas de cine! Le gustaba decir que de ahí había surgido en realidad la gran difusión de las películas en su ciudad natal.

La Guerra Civil marcó la infancia de Aranda e hizo que mantuviese vivo el ideal republicano a lo largo de su vida. En junio de 1937, su padre, Francisco Aranda y Millán, catedrático de Zoología General en la Universidad de Zaragoza, fue fusilado por un grupo de falangistas en la localidad de Valdemorillo. Este hecho determinó su manera crítica de ver el mundo y, paradójicamente, despertó en él un profundo humanismo. Durante la II Guerra Mundial trabajó como correo del Consulado Británico de Zaragoza repartiendo información prohibida por el régimen franquista y, más adelante, tanto a nivel personal como profesional, se situó siempre en posiciones muy progresistas.

El compromiso político de Aranda, no obstante, fue marcadamente independiente. Le gustaba mucho decir que él era un hombre de izquierdas, y que la condición primera e indispensable para ser un hombre de izquierdas era no estar afiliado a ningún partido. Del mismo modo, señalaba con rotundidad que para llegar a Papa había que ser, necesariamente, ateo.

            En 1945 empezó a colaborar con el Cine-club de Zaragoza, en cuya revista publicó sus primeros artículos. Más adelante, a partir de su traslado a Lisboa en 1950, entró en contacto, por medio de su buen amigo el poeta Mário Cesariny, con lo mejor del ámbito artístico e intelectual portugués. Por aquel entonces surgió su amistad con el cineasta Manoel de Oliveira. Durante varios años colaboró intensamente con distintos cine-clubes, dirigió la sección cinematográfica del Museu de Arte Antiga y escribió para varios diarios y revistas como Visor y Celulóide. De aquella época data su primer libro, Cinema de vanguardia en España, publicado en Lisboa en 1954.

Gracias a su excelente dominio de los idiomas (hablaba muy bien el inglés, el francés, el portugués, el italiano, el alemán y, por extensión del alemán, algo de danés), en 1956 consiguió una ayuda para investigar en el Dansk Filmmuseum de Copenhague. Su estancia en Dinamarca le sirvió para reforzar su contacto con diversas revistas extranjeras para las que, durante los siguientes años, trabajaría como corresponsal y crítico de cine: Cahiers du Cinéma, Sight and Sound, Films and Filming, Kosmorama, Filmkritik, Imagem… En 1958 pasó a trabajar, bajo supervisión de Henri Langlois, como encargado de la fototeca de la Cinémathèque Française de París, y empezó a asistir y participar como miembro del jurado en distintos festivales internacionales, como los de Cannes, Oberhausen, Annecy, Karlovy Vary y San Sebastián, entre otros.

Al parecer fue el propio Langlois quien le sugirió el proyecto de escribir un libro sobre Luis Buñuel. Aranda ya había publicado distintos textos sobre el cineasta aragonés (a quien le unía un parentesco lejano y a cuya familia había conocido durante su infancia en Zaragoza), y aceptó la propuesta de buena gana. Con Buñuel entró en contacto durante el rodaje de Viridiana en España en 1961, y desde entonces mantuvo una estrecha amistad que se reforzó durante las dos siguientes décadas con distintos encuentros en España y el sur de Francia. Aunque habrían de transcurrir varios años hasta que el libro viese la luz (el original pasó de Ruedo Ibérico a Alfaguara y, más adelante, a la Editorial Lumen, que lo publicó en Barcelona en 1969), su hoy célebre Luis Buñuel. Biografía crítica tuvo finalmente gran aceptación y, en apenas unos años, salió una segunda edición ampliada en castellano, así como varias traducciones al inglés y al holandés.

Durante aquellos años Aranda también realizó una labor fundamental para dar a conocer el Nuevo Cine español en la prensa extranjera. Al igual que había hecho anteriormente con Juan Antonio Bardem y Luis García Berlanga (a cuya obra había dedicado sendos textos en revistas británicas, francesas y danesas), a comienzos de la década de 1960 presentó y escribió sobre los primeros trabajos de Carlos Saura o Basilio Martín Patino, con motivo de su asistencia a festivales internacionales. Este interés por los jóvenes cineastas españoles lo combinó con otras dos de sus principales pasiones fílmicas: el cine documental y las películas de animación. Sobre ambas cinematografías escribió ininterrumpidamente en revistas españolas como Cinema Universitario y Arte Fotográfico.

Francisco Aranda era una persona muy extrovertida, con un gran sentido del humor y de la paradoja, al que le encantaba hablar. Fabulaba muy bien, y por eso cautivó a mucha de la gente que conoció. Fue un gran apasionado del movimiento surrealista, al que dedicó su libro El surrealismo español, publicado en 1981, y creo que la famosa máxima de “libertad, amor y poesía” podría definir su espíritu creador y libre. Aunque su prolija producción se extienda a ámbitos tan diversos como la pintura, la literatura, la traducción y la crítica de danza, lo cierto es que gran parte de su vida la dedicó al cine. Creo que el libro que ahora publica Filmoteca Española así lo demuestra, y espero que sirva para consolidar el reconocimiento que Aranda se merece hoy, casi veinte años después de su muerte. “

 

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