INFANCIA Y JUVENTUD

INFANCIA Y JUVENTUD

 

Voy a recordar algunas breves anécdotas relacionadas con la biografía de Manolo.

Él solía contar muchas historias de su infancia, le daba mucho gusto rememorar aquellos tiempos que, a pesar de las estrecheces, de la presión de las autoridades, y de la falta de libertades públicas, para él fueron años felices. Conformaron su concepto de “Madrid”, que en algunos aspectos solía decir que ya no era el Madrid que él amaba, que él había disfrutado, que había visto construir. “Este ya no es “mi” Madrid”.

Mi memoria es muy limitada y no tengo ninguna otra fuente documental, por lo tanto se tratará de un compendio desordenado de notas y lapsus, sin valor verdaderamente historiográfico.

 

Nació en plena guerra civil. Su madre era enfermera en el bando leal al gobierno y su padre adoptivo M. Rodríguez, era un soldado, no recuerdo su graduación, que estuvo a las órdenes de “El campesino”.  Según su DNI, nació el 2 de Mayo de 1938 en Valencia. Pero él celebraba desde que tenía uso de razón su cumpleaños el 12 de Abril.  Él decía que había nacido en la Malvarrosa, cuando sus padres estaban con el gobierno de la República en Valencia. Pero también existe la posibilidad de que naciera en Oviedo o una población cercana a Oviedo de donde provenía su familia y que estuviera inscrito en esta localidad. Nunca consiguió obtener un certificado de inscripción en ninguna de estas ciudades.

 

Solía decir que tenía tres cuartos de asturiano y uno de granadino. Su abuela materna se había marchado de su aldea natal en Asturias, huyendo de la miseria. Con dos pesetas falsas había echado a andar por los caminos.

Su abuelo materno era de Guadix, ciudad famosa por sus casas- cueva. Su familia se apodaban “los Mediopeos”, al parecer a un antecesor, durante una reunión con personalidades, se le había escapado una ventosidad haciendo un pequeño ruidillo, al afearles sus compañeros la conducta, él respondió con gracia “granaína”: “Pero si no ha cío, un peo, ha cio un mediopeo”. Y desde entonces se les conocía por los “Mediopeos”.

Sus padres habían decidido que tenía que estudiar para sacerdote, en aquella época era típico que en familias numerosas uno de los hijos o hijas se destinase desde pequeño a la Iglesia, para quitarse una boca que alimentar. Le faltaba poco tiempo para cantar misa cuando se escapó del seminario y echó a andar a su vez hacia el norte. 

Ambos se encontraron en Palencia, para entonces su abuela ya había conseguido algún dinero y formaron una familia.

 

Al terminar la guerra, sus padres huyeron a Francia dejando a Manolo al cuidado de sus abuelos maternos. En Francia tuvieron que separarse, y fueron a parar a centros de concentración de los que a su vez huyeron. Su madre regresó a España, su padre intentó avanzar hacia Europa pero la segunda guerra mundial le obligó a retroceder hasta la frontera. Ambos fueron encarcelados. Pesaban sobre ellos varias penas de muerte, se les acusaba de haber participado en el asalto al Cuartel de la Montaña del Príncipe Pío. Su abuela consiguió gracias a su natural don de las influencias, que les condonaran las penas, parece ser que conocía personalmente al secretario particular de Agustín Muñoz Grandes, quien cuando concluyó la guerra fue miembro del Gabinete de la posguerra, como ministro secretario general de FET y de las JONS, y consiguió su intercesión.

Pero el padre murió al poco, creo que tuvo que ser operado, nada grave, pero se negó a confesarse, suponemos que el sacerdote medió para que no saliera vivo del hospital. La madre estuvo un tiempo en los calabozos que había bajo el edificio de Gobernación en la Puerta de Sol. Manolo fue en varias ocasiones a visitarla de la mano de su abuela. Recordaba el estruendo en la sala donde se realizaban las entrevistas, a través de una verja doble.

 

Vivían en la calle Buenavista, en una vivienda perteneciente a una corrala, al principio no tenían baño dentro de casa y utilizaban uno colectivo que estaba en el pasillo y el agua lo cogían de una fuente que había en el patio central.

A él le gustaba jugar en el pasillo que conectaba las puertas de los vecinos, había construido un tren de metro con cajas o botes y cuerdas y lo conducía a través del pasillo, las puertas de sus vecinos eran las diferentes estaciones donde paraba.

 

En verano, a la hora de la siesta, su madre se acostaba. Pero Manolito no quería echarse, decía que se quedaba a jugar en el pasillo, la madre le decía que estaba bien pero que no saliera a la calle. En cuanto se acostaba su madre Manolito salía a la calle. Con muy pocos años se bajaba a los andenes del metro. Le fascinaba quedarse viendo los trenes pasar, analizando las vías, los troles… Cuando le echaban en falta sabían que podían encontrarle allí.

 

Pronto empezó a hacer viajes. En esa época no se pagaba a la entrada sino que daban un ticket para saber donde se había iniciado el viaje y al salir según la distancia recorrida así cobraban. Manolo se colaba al entrar y al salir se agachaba y salía corriendo, a menudo era perseguido hasta la calle por algún revisor, pero él era buen corredor y nunca le atraparon.

 

Cuando fue un poco mayor y ya tenía una pandilla de chicos con los que ir de correrías, se marchaba con ellos al río, en aquella época el río bajaba muy sucio, pero no era óbice para que los niños de la calle dejasen de bañarse. Tan sucio estaba  que al volver a casa la madre le preguntaba “¿De dónde vienes?”, su respuesta era “De por ahí”, y la madre le soltaba un guantazo, “¿Has ido al río?”, “No”, pero la madre le pasaba las uñas por el brazo y podía hacerle un surco entre la suciedad que traía, era imposible ocultar que había estado bañándose.

La guardia civil les vigilaba. Como estaba prohibido bañarse en esas aguas, cuando veían a los guardias, ellos solían huir nadando hacia la otra orilla, pero en alguna ocasión los guardias les requisaron la ropa y tuvieron que volver desnudos a casa.

 

La madre solía regañarle dándole a veces un azote. Manolo recuerda que tenían una vecina que siempre le decía a su madre: “No le pegues, castígale”. Pero en esos tiempos de escasez no había muchos lujos de los que se pudiera privar a los niños como castigo lo habitual era dejarles sin cenar, o sin postre, y la madre consideraba que eso era mucho más cruel.

 

El mundo de los tranvías como el de los trenes y en general las máquinas de vapor siempre le fascinaron. Solía ir con los otros niños a viajar en los topes, se recorrían la ciudad. Había escrito un manual describiendo las diferentes situaciones conflictivas que se podrían encontrar, por ejemplo cuando se les acercaba el revisor y tenían que saltar, a veces se encontraban con un socavón y el golpe podría ser muy grave. Desgraciadamente este manual se perdió en una inundación en los sótanos de su casa.

 

También les gustaba ir a las verbenas cuando llegaban las fiestas. Los montadores de los carruseles les permitían ayudarles y a veces incluso tenían que empujar corriendo para hacerlos girar, entonces se sentaban y les dejaban disfrutar de la atracción. Lo que más le gustaba era el witoma. Además mientras estaba entre la maquinaria analizaba los mecanismos que permitían rodar las atracciones. Recordaba una noria con un mecanismo que al tocar un balde de agua giraba, al salir del agua se paraba (o viceversa, que mi memoria no retiene estos detalles).  Esta pasión por las verbenas y especialmente por los witomas, como la de los trenes y máquinas de vapor la mantuvo hasta el fin de sus días.

 

Tenían una estancia, ahora no recuerdo si era un baño en una etapa posterior o si se trataba de un dormitorio, donde en una ocasión Manolo picó la pared para construir un ventanuco ya que no tenía ninguna ventilación. Un policía lo vio y querían ponerles una multa, pero creo que al final no tuvieron que pagar nada, tal vez por intercesión de su abuela, y el ventanuco permaneció.

Era muy mañoso, lo mismo abría un ventanuco de obra, que arreglaba las conexiones de electricidad cuando había cortes de luces. Todas las vecinas le llamaban cuando tenían algún problema de bricolage o de electrónica.

 

De su abuela tenía muchos recuerdos, unos positivos y otros más bien negativos. Era analfabeta pero muy inteligente y con un don para acercarse a cualquier personalidad y engatusarle con diversas artimañas. A Manolo le recordaba a la protagonista de la obra de Galdós, “Misericordia”. En casa no tenía ni para sobrevivir con lo que recibían por las cartillas de racionamiento, pero su abuela había conseguido varias de personas fallecidas. En varias ocasiones abordó a Carmen Polo, cuando ésta iba a algún lugar público a pié, la abuela que se enteraba de todo se personaba en el lugar, ponía acento pronunciado de gallega y le decía “Ay paisanita, que estoy viuda, mi hija está viuda con un hijo, que no tengo nada que comer…”, y a partir de aquí comenzaban las trolas, que si está muy enfermo, que si se está muriendo o que si esto o que si lo otro, total que la Carmen parece ser que se ablandaba, mandaba a unos soldados a indagar en la portería y la vecindad, y como todas estaban conchabadas asentían y les dejaban un montón de alimentos que a su vez la abuela repartía entre la vecindad.

 

Cuando hizo la primera comunión, no tenía dinero para comprarle un traje de marinero como todos los niños de su promoción, pero le hicieron un traje muy bonito y llevaba su misal. La abuela le llevó a casa de una señora burguesa y le dieron dinero, a la semana siguiente le volvieron a a vestir y a visitar a otra burguesa, así hasta cuatro semanas seguidas estuvo celebrando la comunión.

 

Su vida escolar fue un poco desastrosa, no le gustaba nada el colegio, y eso que era bastante listo. Su abuela le llevaba a un colegio que estaba en la calle Atocha, al llegar le dejaba al principio de la escalera, como veía que Manolito subía, ella se marchaba a casa. A fin de mes llegaba el boletín de notas a casa, las calificaciones no eran malas, pero en la última página aparecían las faltas (podían ser 10 o 15 en un mes), su abuela no se lo explicaba. Y es que en cuanto ella se daba la vuelta, Manolito salía del colegio y se iba a trotar la ciudad. En alguna ocasión un guardia civil le pillaba en las afueras de la ciudad, entre las vías del ferrocarril y le llevaba al colegio o a su casa.

 

Recuerda que como se portaba tan mal, en alguna ocasión la abuela se empeñó en que le internara en un colegio de curas, pero la madre se negó en rotundo. Sabía que en esos centros se trataba muy mal a los niños.

 

Parece ser que la abuela se había enamorado de un hombre invidente. Desde ese momento cada vez se desentendía más de la familia, prefería pasar unos días con “su ciego” a atender a su nieto. El invidente al parecer estaba casado, y por lo tanto la relación entre la abuela y él era ilegal e incluso escandalosa. Pero ella estaba enamorada y le no le importaban las habladurías de los demás. Eso sí cuando la familia tenía dificultades económicas, ella seguía consiguiendo recursos.

 

Recuerda que a veces jugaba con su prima B. a representar a unos personajes de una revista de tebeo: “Don Pío y Doña Benita”. En una ocasión oyó que su abuela le decía a su madre: “No deberías dejar que Manolito juegue con esa niña, que sabe mucho y se puede ir de la lengua”. En ese momento no supo a qué podían referirse, pero se le quedó grabada esa confidencia en la memoria.

 

También le gusta recordar los juegos con los que se entretenía con los amigos: A las bolas, canicas de barro, hacían un hoyo en la tierra y con los dedos pulgar e índice o corazón, lanzaban la bola para que entrase en el hoyo. A hacer carreras, Manolo era muy buen corredor, junto con montar en bici eran las actividades  físicas que más solía ejercitar. A coleccionar cromos, no recuerdo el nombre que le daban,  pero tenían una táctica de intimidación contra los chicos más tranquilos, les robaban los cromos dándoles un manotazo, ya existía el “bulling”. A las tabas, huesos de vértebras que lanzaban al aire y según como caía tenía un valor diferente. Manolo ha guardado en ocasiones huesos de alguna comida, y los ha limpiado para recordar sus días de tabas.

 

También estuvo durante un tiempo en el colegio Fundación Santamaría, que aún existe, en aquella época era un colegio de beneficencia al que solo podían acceder niños huérfanos. No estuvo mucho tiempo porque tenían una disciplina muy de las JONS, Manolo no se amoldaba y a la madre no le gustaba. Lo positivo es que Manolo recordaba que por las paredes de los despachos del profesorado había cuadros de Goya, de Villamil y de otros pintores de su tiempo. Los había observado, analizado y admirado. Le quedaba ese buen recuerdo.

 

Su madre se casó en segundas nupcias y Manolo fue a la boda, era un muchachito. Su nuevo padre y su madre se habían conocido en la cafetería Cristal, de Cuatro Caminos, donde trabajaban los dos. La familia de él repudió el matrimonio, en aquella época estaba muy mal visto casarse con una mujer viuda, y peor que encima tuviera un hijo. Pero fue un buen padre para Manolo, aunque en realidad vivieron poco tiempo juntos. Y quería mucho a su madre.

 

De mayor, como no quería estudiar y le gustaban los trabajos de destreza manual, su abuela fue a ver al conde de Mayalde, José Finat y Escribá de Romaní, quien había sido gobernador civil de Madrid al terminar la guerra y fue nombrado alcalde en 1952 cargo en el que permaneció hasta 1965. Le explicó la situación, diciéndole que se trataba de un niño muy inteligente y muy trabajador. El tal Conde, le inscribió en una academia de mecánica de automovilismo del ejército, le hicieron una prueba de ingreso, la aprobó y entró en la academia. Era un internado militar donde realizaban una instrucción militar y además daban las clases. Todos los gastos corrieron por cuenta del Conde. A partir de ahora vive en el internado y sólo visita a la familia los fines de semana.

 

Sus padres perdieron los dos el trabajo. La madre se puso a vender lotería y tabaco de forma ilegal, Pero él no encontró trabajo durante mucho tiempo. Ella se colocaba en la Gran Vía junto a la sala de fiestas “Pasapoga”, en los bajos del Cine Avenida. Manolo recordaba que en una ocasión pudieron ver en este local a Antonio Machín. Su padrastro se paseaba por la Gran Vía para controlar que no hubiera problemas con la clientela. Pero la venta ambulante estaba prohibida  y cuando veían a un guardia, escondían la mercancía tras las columnas del Cine Avenida y disimulaban.

 

Al cabo de un tiempo su padre y un hermano cogieron el traspaso de un bar y durante bastantes años lo llevaron juntos. Manolo recuerda que fue en este bar donde un día se le rompió el diente central. Estaba limpiando una botella, había echado agua y la estaba agitando. No recuerdo bien si se agachó para ver algo y se golpeó con la botella en la boca, o pasó alguien por detrás le empujó un poco y por eso se golpeó. El caso es que llevó ese roto toda su vida. En esa época no existía la técnica para restaurarlo y de adulto quiso mantenerlo como elemento idiosincrásico.

 

Alcanzó la mayoría de edad. Le llegó a casa una carta para incorporarse a filas, pero como él está en un internado militar, se supone que ya está reclutado. La madre no hace caso, debe ser un error burocrático y se darán cuenta ellos mismos. Pero al poco llega otra carta en la que se acusa de prófugo. Ahora la madre se preocupa, no entiende lo que pasa, le da vueltas a la cabeza y llega a la conclusión de que las cartas deben responder a un conflicto de registros civiles. Se pone muy nerviosa y atemorizada va a ver a Manolo (o tal vez coincida el fin de semana y Manolo va a verla a ella). No sabe como empezar, así que empieza desde el principio: Que él no es hijo del padre que le dio los apellidos, que al nacer en medio de la guerra la fecha de nacimiento está equivocada. Supongo que incluso le cuenta que tiene una hermana. Todo entre llantos y síntomas de ansiedad.

 

Manolo le tranquiliza, sabe que la cuestión de lo de darle por prófugo tiene fácil arreglo y no da mayor importancia a la confesión que acaba de hacerle la madre. En adelante procuran no hablar más de ese asunto para evitar intranquilizarla.

 

Cuando termina su instrucción en la Academia de Automovilismo, comienza a trabajar como mecánico en los talleres de Barreiros, era una industria de producción principalmente de motores, y automóviles, fundada por el ingeniero e industrial español Eduardo Barreiros en 1954,

Pero no duró mucho, porque encontró un anuncio en el periódico de Rudi Meyer, necesitaban expertos en electrónica, y aunque él no lo era, se presentó y lo contrataron por un sueldo triple del que ganaba en Barreiros.

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1 Response so far »

  1. 1

    cynthia said,

    pedro, soy cynthia, supongo que me recuerdas, que pena no haber podido asistir a ese día en el que homenajeabais a manolo, de verdad que me hubiese encantado, me acuerdo a menudo de vosotros, de los dos, siempre que puedo le pregunto a marcos por tí…
    no puedo hablar mucho más, el tiempo apremia, y la pena por demasiadas cuestiones se está apoderando de mí, recibe todo mi cariño
    un saludo.


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