1992-1 LA NOCHE DEL PARQUE

                                                                                  LA NOCHE DEL PARQUE

 

El pequeño estanque se columpiaba con el sosiego de la espera cotidiana,

se tendía la noche.

De la Luna partían cientos de caracoles cuyos rastros plateados se posaban levemente sobre las adivinadas sombras de los árboles. Uno de estos luminosos selenitas descansó junto al estanque y el arrullo sirenaico de olas en miniatura le fue sumiendo en un destello de reflexión.

 

El agua susurraba una canción de cuna aprendida en su niñez, en el tiempo durante el que brotaron del vientre de la Tierra manantiales templados y desde las montañas la nieve destilándose se deslizaba erosiva por sus laderas para reencontrarse a sí misma en los valles de ríos y lagunas.

La música se empinaba deseando asir los hilos de adúcar, largos cabellos temblorosos, fugaces y lunáticos. Deseando trepar vigorosas luz arriba, deslizarse girando luz abajo, volar a través de la noche saltando de llama en llama, de rayo en rayo…

 

El soñador selenita lucía tendido junto al estanque, atrapado por los sones relajantes deliraba su principio, allá en el tiempo cuando comenzó a tejerse minuciosa, firme y poéticamente junto a las sienes de la Luna. Fue rizándose a modo de bucle aladar, deslizándose serpenteante sobre el esférico rostro de metal.

Aún era de día allí,

pero, tiritando sigilosas, se fueron acercando las hechiceras sombras de las pequeñas fogatas estelares, como piratas ocultándose recelosos ora alumbran ora se apagan, ora muestran la viril imagen de un Íncubo insinuador y descarado con amplia sonrisa bigornia, ora se esconden tras nubes de humo y lujuria.

Se lanzó a la montaña rusa de la noche recorriendo el espacio sin gravitación hasta caer junto al tintineo del estanque…

 

La música efervesció y abrazó al rayo selenita y el beso les levitó y les balanceó frenéticamente, dulcemente, libremente, garabateando la sombra como miles de estrellas fugaces de adufe y añafil, tejiendo un capullo de adúcar plateado…

 

Y la noche fue el día, el día fue la noche, ya nunca dualidad sino mónada indisoluble.

La luz fue la música, el resplandor fue un rebaño de ovejas fosforescentes, un repiqueteo armónico de cascabeles de lana y latón.

La Luna fue el estanque, brotaron fuentes de destellos luminosos y perlas líquidas como lágrimas de felicidad.

Los Íncubos ardían entre las estrellas, las estrellas eran los ojos libidinosos de los Íncubos.

Y cientos de caracoles continuaban desprendiéndose de los aladares de la Luna, cientos de arroyos, lagunas, riachuelos y estanques seguían entonando sus cánticos de aduar.

 

Pasaron los años y en su capullo de adúcar plateado fueron descubriendo el Universo, extendiendo sus horizontes, abriendo nuevas escotillas, creciendo unidos, viviendo sus sueños, sintiendo y aprendiendo sus cuerpos.

 

 

                                   g.bruno 92

 

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